sábado, 17 de septiembre de 2011

Capítulo 7.

La expectación en el interior casi se podía palpar. Todos los invitados aguardaban al nuevo año al lado de un enorme reloj que había en el salón. Cuando dio las doce los gritos de alegría fueron ensordecedores. En la cara de todos los presentes se podía leer algún sentimiento en relación al año nuevo. La esperanza de una nueva vida, el entusiasmo de un nuevo año, la tristeza de dejar otro maravilloso, la emoción de ver qué depararía...
En todas menos en la mía. Tan solo desesperación. Nada podía hacer que ella no se casase. Ese día había deseado encontrar una mujer de la que enamorarme, y ese mismo día la había perdido.
La busqué con la mirada por todo el salón pero no conseguí encontrarla. A la una decidí despedirme de mi hermana y volver a casa.
No tenía taxi y no me apetecía gastar el dinero, por esos días escaso, llamando a uno. Cogí mi abrigo, mi bufanda y mis guantes, y comencé a caminar.
Una hora después acabé en un bar cutre  cerca de mi casa, bebiendo copa tras copa. Quizá para olvidar, quizá para que  se me hiciese más llevadero. Quizá, sencillamente, porque sabía que mi vida era una mierda y mi oportunidad de arreglarla se había escapado entre mis dedos.
-¿Qué haces bebiendo en Fin de Año?-me preguntó una voz ronca a mi lado en inglés. Me giré, con los sentidos un poco embotados a causa del alcohol, y vi a un hombre de unos treinta años, sentado dos butacas más allá de la mía. Era rubio, con un bigote pequeño que le llegaba justo a la altura de las comisuras de la boca. Sus ojos marrones estaban brillantes, como si fuese a echarse a llorar en cualquier momento. Sujetaba una copa en la mano y tenía ya tres vacías al lado.
-Lo mismo que tú, supongo-le contesté también en inglés, dándole un trago a mi copa. Soltó una carcajada amarga que sonó más como un ladrido.
-¿Sueles compadecerte de ti mismo?
Alcé la vista, molesto.
-¿Por qué no te dedicas a lo tuyo?
El hombre alzó las manos en el aire, como si le hubiese atacado y él no fuese el culpable.
-Intento ayudarte, chaval-me dijo. Me tendió una mano amigablemente.-Leonard.
-Will-dije estrechándosela, todavía un poco receloso.-¿Y cómo vas a ayudarme?-le dije con amargura, considerándolo una tarea imposible.
-¿Qué te aflige?-me preguntó inclinándose hacia mí, apoyando el codo en la barra.
-Me negué a ir a la universidad, asegurando que podría vivir de lo que escribía. Ahora soy pobre, nadie me paga por lo que escribo y mi casa está al borde de ser embargada. Y, por si fuera poco, me he enamorado de una mujer que se va a casar.
No sé por qué se lo conté. Quizá porque era un desconocido, quizá porque necesitaba desahogarme, o quizá porque sencillamente había bebido demasiado. Pero resultó que era bueno escuchando y no me compadecía, cosa que agradecí. No hubiese aguantado ver lástima en su mirada en ese momento.
-¿Y vas a darte por vencido?-me preguntó, indignado.- Debes considerarte bueno escribiendo si te negaste a ir a la universidad, lo que significa que probablemente lo seas. Estoy seguro de que alguna editorial te publicará algo-afirmó convencido.-Y en cuanto a la chica... hay más peces en el mar.-Se lo pensó un momento antes de tenderme una tarjeta y decirme:-Tengo un amigo que trabaja en una editorial. Quizás pueda echarte un cable. Piénsatelo.
Pagó la cuenta, agarró un sombrero que había en una butaca a su lado, me saludó y salió por la puerta.
Yo me quedé mirando la tarjeta como un imbécil. Solo ponía su nombre, Leonard Stone, y una dirección, rue des roses, 11. Guardé la tarjeta en el bolsillo derecho de mi chaqueta. Dejé la copa sin terminar a un lado y pedí la cuenta.
-Su amigo ya la ha pagado-me informó el camarero, señalando la puerta por la que acababa de salir Leonard. Cogí mis cosas y me dirigí a mi casa.
Llegué a mi casa a las tres de la mañana. Tiré las llaves en la mesa y me senté en la cama enfrente de la ventana. Desde ella se veía la Torre Eiffel alzándose majestuosa y poderosa, rozando el cielo. Una obra maestra de la arquitectura, fuerte, gloriosa. París. La ciudad del amor, y yo aquí solo.
Me tumbé en la cama mirando al techo sin molestarme en ponerme el pijama. Solo me quité los guantes, la bufanda y el abrigo. Esperaba poder dormir y olvidar. Olvidar que era pobre, que había desperdiciado mi vida, que me había enamorado y que la había perdido para siempre.

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