Corrían los años 20. 1922, para ser exactos. Yo tenía 17 años por aquel entonces, y era como cualquier adolescente: alegre, despreocupado y soñador.
Era un día claro, el cielo estaba azul, sin rastro de ninguna nube, y el calor no era sofocante. Una leve brisa me agitaba el pelo, juguetona, mientras me dirigía al lago con mi cesta de picnick, mi cuaderno y mi pluma bajo el brazo.
Iba silbando por la calle, indiferente a todo. Yo solo quería escribir.
Pero ese día el lago no estaba tan tranquilo como de costumbre.
Me di cuenta cuando estaba sentado bajo el olmo, en la sombra. Tenía el cuaderno abierto en equilibrio sobre mis rodillas estiradas en la hierba, y la pluma sobre él, esperando nuevas ideas. Me estaba comiendo una jugosa manzana roja que chorreaba líquido por mis manos.
Entonces, vi como una mancha negra y blanca pasaba como una exhalación a mi lado y se hundía en el agua del lago con un chapoteo.Me puse en pie corriendo, tirando el cuaderno y la pluma al suelo, aterrorizado por la idea de que alguien se estuviese ahogando. Pero una chica salió del agua entre carcajadas, tranquilizándome.
Pude ver gran parte de sus rasgos a pesar de la distancia. El pelo moreno la caía hasta la mitad de la espalda, chorreando. Su rostro era fino, delicado y todavía algo redondito y aniñado. Su boca se abría con cada carcajada, dejando ver una blanca dentadura perfectamente dispuesta.
Volví a sentarme en la hierba, pero no dejé de mirar a la chica. Una señora mayor que debía ser su madre, llegó corriendo a su lado y se puso a gritar, roja por la furia y la vergüenza. La chica salió del lago todavía riéndose. No oía lo que la decía su madre, tan solo palabras sueltas como «casarse», «desvergonzada», «modales» y «encerrar». Pero la chica no parecía tomarla enserio, porque cuanto más la reñía su madre, más se reía ella. Parecía encontrar cierto placer desafiando a su madre. Y yo no pude menos que admirar su valentía, porque su madre me asustaba hasta a mí.
Cuando paró de reñirla, las dos se alejaron del lago, escapándose de mi vista.Yo volví a mi tarea de escribir, divertido por la breve interrupción. Pero no pude concentrarme demasiado en mi cuaderno, pensando todavía en la valiente chica. Acabé cerrando el cuaderno y echándome una siesta bajo la sombra.
Cuando me desperté, el sol estaba a punto de ponerse. Recogí mis cosas con rapidez y me puse en camino hacia mi casa.
Mis padres volvían a discutir. Nada más entrar por la puerta les oí. Estaban en la cocina hablando mi padre en inglés y mi madre en francés. Siempre que discutían volvían a sus lenguas natales, con las que se podían expresar a gusto.
Mi padre era americano, de Nueva York. Mi madre francesa, de París. Se conocieron cuando mi madre se mudó a Nueva York con veintitrés años. Conoció a mi padre en la Universidad y se enamoraron perdidamente. Estuvieron viviendo en Nueva York durante siete años, hasta que nos mudamos a París cuando yo tenía cinco años y mi hermana Margaret tres.
-No quiero que estudie tu oficio. Quiero que se labre un futuro mejor que el nuestro, que pueda escapar de esta pocilga-gritó mi madre. Otra vez discutían sobre mi futuro. Me pregunté cuando se les ocurriría que yo a lo mejor debería aportar mi opinión. Al fin y al cabo, era mi futuro.
-¿Cómo?-la preguntó mi padre también chillando.-No tenemos dinero para pagarle una buena universidad.
Yo hice ruido con los pies, intentando hacer notar mi presencia. Mi madre paró a mitad de una respuesta y los dos se quedaron callados. Oí a mi padre carraspear y una silla que se movía para que alguien se sentase encima.
Hice mi aparición en la cocina como si no hubiese oído nada. Ya sabía lo importante que era para mis padres que fuese a una buena universidad y las complicaciones que suponía eso. No podía decirles todavía que no planeaba ir a ninguna universidad, sino empezar a vivir de mis escritos. Eso supondría para ellos una decepción más que un alivio.
Recogí las sobras de mi picnik y las guardé en los armarios de la cocina. Mi padre simulaba leer el periódico, pero lo hacía fatal: en los diez minutos que estuve en la cocina no pasó de página. Estaba demasiado concentrado en otras cosas como para intentar fingir bien. Mi madre se afanaba en poner en orden toda la cocina, lanzándole a la vez miradas furiosas a mi padre. Decidí que no aguantaba más y me fui al salón, a tumbarme en el sofá.
Mi casa realmente no era gran cosa. No éramos pobres, nunca nos faltó nada. Sin embargo no nos podíamos permitir ciertas cosas, como una universidad, por ejemplo. Vivíamos al final de la
calle de un barrio de clase media, lo que se traducía como la clase baja dentro de la clase media.
Mi hermana adoraba pasearse por delante de las casas de los ricos y fingir que ella era uno de ellos. Decía que lo que más deseaba en el mundo era asistir a una de las fiestas que daban, ponerse un vestido caro, una peluca y bailar toda la noche. Estaba convencida de que algún apuesto ricachón la vería por la ventana, sabría ver más allá de su pobreza y se casaría con ella.
Yo, nada más lejos de decirla la verdad, la animaba a tener tales fantasías. Nunca se me dió bien destrozarle las ilusiones a Margaret. Era mi punto débil. Además, solo tenía quince años. Tenía derecho a soñar. Ya se encargaría alguien de despertarla más tarde. Pero, ¿cómo podría ver yo llorar sus inocentes ojos azules y saber que era yo el causante? No hacía daño a nadie paseándose por esa calle. O eso creía yo.
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