Acabé viviendo en un pequeño ático de París, derrochando palabras tumbado en mi cama. A pesar de todo el dinero perdido, la elocuencia jamás me abandonó. Pero de poco me sirvió, pues jamás trajo pan a mi mesa ni dinero a mi bolsillo.
Mi hermana, la dulce Margaret, acabó siendo más rica que yo. Hace un año, en uno de sus inocentes paseos por la zona rica de nuestra calle, un señor cuatro años mayor que ella con una considerable fortuna y unos modales dignos de un príncipe la vió caminando. Se acercó a ella con el sombrero pegado al pecho y la preguntó su nombre, tembloroso, creyendo haber encontrado el Paraíso en sus ojos y entre sus delicados y rubios rizos. Margaret le miró con esos ojos de angelito y se lo dijo en un susurro. Era de comprender que el acaudalado caballero quedase instantáneamente prendado de ella.
La ofreció pasar a su casa y tomar un café, invitación que ella aceptó encantada. Charlaron durante horas y se acabó quedando a cenar, hasta que no pudo retrasar más su vuelta a casa y la verdad.
El caballero en cuestión era, nada más y nada menos, que un Lord británico. Lord Arthur Gallagher.
Margaret, tan sentimental y enamoradiza, no pudo evitar empezar a sentir algo por tan atento señor. Pero, tan honesta ella, no pudo engañarle por más tiempo sobre su fortuna. Y, entre sollozos, comenzó a explicarle su situación económica y social. Salió corriendo de casa de Lord Arthur sin mirar atrás y sin oir lo que él intentaba decirla.
Al día siguiente comenzaron a llegar flores y cartas de amor, procedentes del joven caballero. Margaret lloraba de felicidad, al comprender el gran desinterés de aquel hombre por su dinero. Él la amaba, afirmaba, y poseía dinero más que suficiente para los dos.
Así, empezaron un bonito noviazgo que ya duraba un año.
Siempre pensé que sería un romance pasajero, un noviazgo fugaz. Creí que mi hermana se cansaría de jugar a ser una niña rica y le dejaría; o que él sería inteligente y se daría cuenta de que una relación entre dos personas tan diferentes tanto a nivel económico como social, no podían estar juntos.
Pero Margaret me demostró cuánto me equivocaba con una carta que me mandó a los trece meses de empezar su noviazgo. En ella, me invitaba a su fiesta de compromiso en la casa de su prometido, que sería a la vez la fiesta de Fin de Año.
No podía creer que mi hermana pequeña se fuese a casar con tan solo dieciocho años y con un hombre cuatro años mayor que ella. Sabía que tenía que alegrarme, porque él la procuraría su sueño de una vida llena de lujo, baile y vestidos.
No acogía la idea con mucha ilusión, figurándome que estaría llena de ricachones hipócritas, pero esa noche me preparé con mi mejor traje para ir a la fiesta. Me afeité, me eché unas gotas de colonia y cogí un taxi hacia la nueva casa de mi hermana.
Las calles de París pasaron por la ventanilla de mi coche, en un frío collage de tonos blancos y azules.
La Navidad había llegado a París y la ciudad se preparaba en esos días para despedirse del año 1924 y recibir con los brazos bien abiertos al año 1925. Las luces decoraban la ciudad, iluminándola con un aire festivo. La gente recorría las calles, emocionada por la mayor fiesta del año, e inmunes al frio que les intentaba disuadir de salir de sus calientes y reconfortantes hogares.
Llegué por fin a la calle, flanqueada a izquierda y derecha por imponentes construcciones en piedra blanca. Una punzada de nostalgia se asentó en mi estómago, al pensar que en esa misma calle había pasado yo mi infancia.El taxi paró en la puerta de una gran mansión con columnas griegas y un jardín más grande que mi propia casa, lleno de arbustos recortados al milímetro por manos expertas. Tuve que coger aire y armarme de valor un par de veces antes de salir del coche. Una rafaga de aire frio me azotó la cara, como si intentase advertirme que era mejor volver a casa y encender el fuego en la chimenea. Pero yo me resguardé en mi bufanda y mi abrigo y seguí adelante.
Llegué a la puerta y llamé con los nudillos tímidamente. Nadie dio señales de haberme oido, asi que volvi a llamar más fuerte. Un mayordomo con pinta de estirado me abrió la puerta. Por detrás de él podía ver un ambiente animado, lleno de colores.
-¿Sí?-me preguntó con un esnob acento francés.
-Buenas noches, vengo a la fiesta de Margaret y Lord Arthur.-Por supuesto. ¿Su nombre?
-William Harris.
Una sonrisa se insinuó en sus labios.
-El hermano de Margaret, supongo.
-Supone usted bien-sonreí yo abiertamente.
-Pase.
Se apartó de la puerta y yo entré. Me tendió la mano para que le diese mi sombrero, mi abrigo y mi bufanda, y yo se los tendí como si estuviese acostumbrado a ese tipo de atenciones.
Nada más entrar en la fiesta supe que mi vida iba a cambiar por completo. Porque allí estaba ella.
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