Tenía el pelo negro justo por debajo de las orejas adornado con un divertido flequillo que la ocultaba la frente, acorde a la moda de la época. Su pálida piel brillaba, iluminada por las luces de la estancia y resaltada por el negro de su vestido, cuyas lentejuelas negras brillaban igualmente reflejando la luz a cada movimiento. Tenía las mejillas sonrosadas, quizá por el alcohol o quizá por algo que le estuviese diciendo su acompañante. Era menuda, no debía llegarme a la altura de la barbilla, y delgada, frágil, como una muñeca de porcelana a punto de romperse. Sus brazos se elevaban con gracia, sosteniendo una copa medio llena de champán. Su cuello se alzaba, esbelto, con un collar de perlas adornándolo. Algo en mi interior me gritó que la protegiese, que cruzase la estancia y la estrechase contra mí.
Sus rasgos,finos, delicados y un poco aniñados, resultaban inocentes y dulces. Su boca sonreía, dejando ver unos dientes blancos y bien colocados que se abrieron para soltar una carcajada.
Me resultó extrañamente familiar, pero ¿dónde podría haberla visto antes? Mi mente viajó inconscientemente al verano de tres años atrás, cuando vi a una chica hundirse en el lago entre carcajadas.
Mi corazón dió un salto dentro de mi pecho, feliz de encontrarse de nuevo con la protagonista de tantos sueños.
Se giró, notando mi mirada sobre ella. Nuestros ojos se encontraron a través de todos los invitados. Fue en ese momento cuando supe que realmente me había enamorado y haría lo que fuese por casarme con ella. Quedé encadenado a esa mirada de por vida.Tenía los ojos grises y grandes, como el cielo nublado a punto de descargar la lluvia. Iluminados por la alegría y la excitación de un nuevo año, y un poco achispados por la bebida. Y, por debajo de todo eso, se podía leer la nostalgia más profunda, el deseo frustrado e insondable tristeza.
Se llevó la copa de champán a los labios y dió un sorbo, todavía con la mirada clavada en mí.
Podría haberme tirado así toda la noche, con mis ojos clavados en ella. Pero mi hermana pequeña tuvo la decencia de interrumpirme antes de que hiciese el ridículo.
-¡Will!-exclamó, abrazándome y tapándome la visión. Yo la devolví el abrazo, contento de ver a mi hermana después de un año.
No era culpa suya que jamás nos viésemos. Después de mudarme al centro de la ciudad no me sentí capaz de volver a casa a verles y admitir que era el peor escritor del universo, que no había conseguido nada después de no querer ir a la universidad.![]() |
| Arthur. |
-Tienes que ir a ver a papá y mamá, te echan de menos-me dijo. Yo la prometí que iría para que no se pusiese triste. Fue una tontería y lo dije sin pensar, pero me di cuenta de que tendría que ir.
Un hombre apareció al lado de Margaret con dos copas en la mano, que nos ofreció a Margaret y a mí.
-Gracias-dije cogiéndola.-Will, este es Arthur-me presentó Margaret. Yo alcé la vista para mirar al sonriente hombre que me tendía una mano. Se la estreché con fuerza mientras me decía:
-Es un placer conocer por fin al hermano de Margaret. Me ha hablado mucho de usted.
Tenía un bigote oscuro que se movía cada vez que hablaba, y el pelo negro peinado hacia atrás. Portaba un traje caro con pajarita y unos zapatos tan limpios que podrían servir de espejo. Y sus ojos marrones, lejos de resultar altaneros, eran cálidos y amables.
Parecía mucho mayor de 22 años y era tan elegante y caballeroso que parecía sacado de una novela del siglo pasado.
Pero recibió mi absoluta aprobación cuando vi como miraba a mi hermana pequeña. Como si fuese un frágil tesoro y no hubiese nada parecido en todo el mundo. Supe que la iba a querer y proteger pasara lo que pasase.
Y mi hermana le miraba de igual manera, como una enamorada. Como si hubiese salido de sus sueños y no pidiese nada más.
Yo no pude menos que sonreir y brindar mentalmente por ellos. Aunque una punzada me atravesó el corazón, deseando sentir lo mismo que sentían ellos, y deseando ver en la mirada de una mujer los mismos sentimientos, reflejados como en un espejo.
-Puedo decir lo mismo-le contesté.
Los dejé hablando y me dirigí al centro de la fiesta, buscando a la chica del lago. Estuve dando vueltas durante dos horas sin encontrarla y acabé dándome por vencido, suponiendo que debía haberse ido de la fiesta.
Cogí una copa de champán, un trozo de tarta de chocolate en una servilleta y salí de la casa al jardín de atrás, buscando un poco de paz.
En cuanto cerré la puerta me arrepentí de no haber cogido mi abrigo antes de abandonar la caliente casa. El frio hizo que mis dientes castañeteasen un momento.
Los jardines estaban pulcramente podados por expertos e iluminados por luces blancas que salían del suelo. En el centro del jardín había una majestuosa fuente blanca, decorada por sirenas, titanes y tridentes, e iluminada por luces en el agua congelada. Y sentada en ella había una figura vestida de negro y en tirantes a pesar del frío. No me hizo falta acercarme más para saber quien era.

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