sábado, 17 de septiembre de 2011

Capítulo 3.

-¡Will, Will!-gritaba la dulce y aguda voz de Margaret.
Me desperté y miré alrededor. Mierda, me había quedado dormido en el salón. Me incorporé pestañeando con fuerza, intentando volver a la realidad. Había soñado con la chica del lago y me costaba salir de un sueño tan hermoso.
Margaret.
Margaret me vió en el sofá y vino corriendo hacia mí. Iba vestida con la ropa más elegante y cara que tenía, lo que significaba que había vuelto a pasear cerca de las casas de los ricos. Se sentó con energía a mi lado y se quitó el sombrero. Me miró con una sonrisa emocionada, esperando a que la preguntase qué había ocurrido.
-¿Qué sucede?-dije como si estuviese realmente interesado. Algo ininteligible salió de mi boca a causa del sueño, que me la había dejado como si tuviese un trapo dentro.
Pero a Margaret eso la bastó para explotar de alegría y empezar a hablar:
-¡He conseguido que publiquen uno de tus relatos en el periódico local!-exclamó. Yo parpadeé, sorprendido. Con esa frase Margaret había conseguido despertarme del todo, pero la sorpresa seguía sin dejarme hablar.
-¿Mi relato corto?-alcancé a preguntar.
Ella puso cara de culpabilidad al instante y bajó la mirada a su regazo, donde puso sus manos con inocencia.
-Sé que no dejas a nadie leer lo que escribes, pero me parecía una lástima que nadie pudiese apreciar lo que haces-intenta excusarse. No se atreve a mirarme a los ojos cuando dice en voz baja:-Te cogí el cuaderno anoche mientras dormías y copié mi relato favorito en una hoja, el de "La princesa y el cocodrilo". Lo llevé al periódico local y dije que eras el autor. ¡Todos estaban entusiasmados!-sonríe y me mira por fin, con los dos enormes trozos de cielo de su cara iluminados de la emoción.-¡Te pagarán cincuenta francos!
Yo no sabía si alegrarme con ella o enfadarme. Jamás la pedí que hiciese algo así, pero había salido muy por encima de mis expectativas. Quizá mis padres admitiesen por fin que puedo vivir de mi puño. Cincuenta francos era todo un comienzo, y quizá podría llegar a un trato con el periódico y publicar algo todas las semanas. Quizá una editorial se ofreciese a publicarme algo.
-¿No dices nada?-me preguntó Margaret con un hilo de voz. Parecía decepcionada. Vaya, pensaba que estaba enfadado por lo que había hecho y parecía a punto de echarse a llorar.
La abracé con fuerza y se lo agradecí repetidamente, dándola un beso en la frente a cada "gracias" que la decía. Ella rió y me urgió a contárselo a mis padres. Yo obedecí, eufórico.
Me dirigí a la cocina y abrí la puerta, sintiéndome como un dios. Mi padre alzó la mirada del periódico, que seguía en la misma página. Mi madre fregaba los platos concienzudamente, descargando así toda su rabia.
-Van a publicar uno de mis relatos en el periódico local, y me pagarán nada menos que cincuen
ta francos-anuncié deprisa, como si tuviese miedo de que el sueño explotase como una burbuja si no lo decía corriendo.
Mis padres me miraron un momento, intentando asimilar lo que acababa de decir.
-Eso está muy bien, cariño-me dijo mi madre al final con una sonrisa, quitándose los guantes de fregar y acariciándome el pelo de la nuca.
-Bien hecho, hijo-me felicitó mi padre.
Nada de saltos de alegría, grandes felicitaciones o "sabía que podías hacerlo".
Mi madre volvió a ponerse los guantes y me dió la espalda para fregar, y mi padre se escondió detrás del periódico.

-Quizá...-empecé a decir. Les miré y me di cuenta de que si no lo soltaba en ese momento jamás tendría el valor suficiente para decirlo.-Quizá no debería ir a la universidad.
Mi madre se giró como si alguien la hubiese pinchado en la espalda y mi padre bajó el periódico para mirarme fijamente a los ojos, buscando algún gesto que indicase que estaba bromeando.
-¿Cómo?-me preguntó mi madre con un pestañeo, sin entenderlo o sin querer entenderlo.
Solté un suspiro y me senté enfrente de mi padre, preparándome para una larga discusión. Mi madre se sentó a su lado con la espalda muy recta y golpeando la mesa con los dedos en un tic inquieto.
-Los tres sabemos que no hay dinero para que pueda ir a la universidad. Os he oido discutir en varias ocasiones.-Intercambiaron una mirada, echando la culpa al otro de que les hubiese escuchado.-Podría ganarme la vida de lo que escribo. Publicar un par de libros, trabajar con el periódico, vender mis relatos...
-¿Y si no te los quieren publicar? ¿Y si en el periódico te exigen una carrera universitaria?

 ¿Y si nadie compra tus relatos?-me preguntó mi madre, nerviosa.
Una punzada de dolor recorrió mi estómago, decepcionado por la falta de confianza que mi madre ponía en mí.
-Pues tendré que vivir con las consecuencias de elegir mi propio futuro-me encogí de hombros.
Mi madre y yo miramos a mi padre, que tenía los ojos clavados en la mesa, pensativo.
-¿Edward?-preguntó mi madre. Él levantó la mirada y la clavó en mí.
-Tienes todo mi apoyo-me dijo. Yo le apreté el hombro para darle las gracias.
-Pero...-fue a protestar mi madre.
-Jeanne, confía en él-la pidió, agarrándola la mano.-Es bueno. Realmente bueno. 
Una sonrisa me iluminó la cara mientras salía por la puerta para darle la noticia a Margaret. 
Ilusionado como un inconsciente joven que no sabe lo dura que puede llegar a ser la vida. 

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