domingo, 11 de septiembre de 2011

Capítulo 1.

-Despierte, señor Harris-oigo una dulce voz femenina. 
Cierro los ojos con fuerza, esperando que sea parte del sueño y no la cruda voz de la realidad.
-Señor Harris-vuelve a insistir la voz.
Abro los ojos despacio, para adaptarme a la desbordante luz matutina que entra por las ventanas de la residencia para ancianos Wilton Ham. Me miro las manos, esperando encontrarlas jóvenes y fuertes. Pero me doy cuenta que la vejez no ha sido solo una pesadilla y que esta es la realidad. La dura y desesperante realidad.
-¿Tiene hambre, señor Harris?-me pregunta con una sonrisa una chica jovencita, mientras descorre las cortinas de mi habitación. El sol entra a raudales, iluminando la sobria estancia. Hace un día claro, sin nubes. El cielo azul se ve por la ventana como una promesa de un día feliz. 
Adoraba este tipo de días cuando era joven. Solía coger mi pluma, mi cuaderno y una cesta llena de fruta, agua, un sandwich y frutos secos, para ir a un precioso lago que había cerca de mi casa. Allí me sentaba a la sombra de un olmo centenario para escribir. Podía pasar horas allí. Hasta que empezaba a oscurecer y tenía que regresar.
Escribía sobre el mar, la tierra, el cielo y mis esperanzas. Sobre mi incierto futuro y mis ganas de viajar. Escribía sobre mí mismo.
-No demasiada-la contesto, con la mirada perdida en la ventana. Ella viene hacia mí todavía con una sonrisa en la cara. Me fijo en que tiene los paletos un poco separados y uno de sus incisivos está partido por la mitad. Sin embargo, eso no hace que su sonrisa deje de resultar encantadora.
-Hace un día precioso, ¿verdad?-me pregunta mientras me ayuda a ponerme una camisa y unos pantalones.
-Espléndido-asiento. Dobla mi pijama y lo deja encima de la cama. 
Me tiende el brazo con el codo hacia afuera, para que me sostenga mientras caminamos hacia el baño. Con la otra mano cojo mi bastón y empezamos a andar con pasos lentos pero seguros.
-Si quiere, después de desayunar, le puedo llevar al jardín.
La miro a los ojos, que me sonríen con amabilidad. Una sonrisa inconsciente se forma también en mi cara.
Llegamos al baño y me suelto de su brazo para apoyarme en el lavabo. Me sujeta el bastón mientras enciendo el grifo y cojo agua en mis temblorosas y viejas manos para lavarme la cara. Alcanzo la toalla que hay al lado del lavabo y cierro el grifo. Me miro al espejo con la toalla entre las manos. Un viejo delgado me devuelve la mirada al otro lado. Alcanzo a ver los rasgos juveniles en su anciana cara, que me recuerdan a mi verdadero yo, a mi joven yo.
El agua chorrea por sus arrugas y yo espero que disuelva su cara para ver debajo al hombre que creo que soy. Un hombre de veinte años, con un abundante pelo rubio. Me paso los dedos por el poco pelo blanco que me queda, con nostalgia.
Aparto la mirada del espejo y me seco la cara, aplastándola por un momento en la toalla. La dejo donde estaba y vuelvo a agarrar mi bastón y el brazo de la chica, que sigue sonriendo.
Salimos de la habitación y nos dirigimos al comedor. Nos cruzamos con un montón de viejos. Algunos todavía pueden caminar, más o menos deprisa que yo. Otros menos afortunados van con silla de ruedas, dirigidas por chicas aburridas.
Yo miro a la chica de la que voy agarrado. Sigue sonriendo como si no hubiese otro sitio donde quisiese estar. Admiro su buen humor por un instante y la sonrío, intentando agradecerla con eso su predisposición a ayudarme con alegría. Las sonrisas en este sitio suelen ser escasas, y acabas tú también amargado. Cualquier sonrisa es como un pequeño rayo de sol en la rutina de la residencia.
De repente una sencilla pregunta aparece en mi cabeza. ¿Cómo se llamará?
-¿Cómo te llamas, bonita?-la pregunto.
-Maggie-contesta, regalándome otra sonrisa.
-¿Te han dicho alguna vez, Maggie, que tienes una sonrisa preciosa?
Ella ríe y me parece un sonido desconocido y extrañamente reconfortante. ¿Cuánto hace que no oigo una risa despreocupada y honesta?
-Es usted encantador, señor Harris.
-No, Maggie, tan solo soy sincero-susurro.
Llegamos hasta el comedor y me siento en mi mesa habitual, enfrente de Smith.
-Buenos días, Smith-le digo con energía, muy alto. El pobre viejo está más sordo que una tapia. Levanta la cabeza y asiente una vez a modo de saludo.
Maggie me trae un plato con fruta y yo me lo como dócilmente mientras ella atiende a otros residentes. Cuando acabo vuelve a mi mesa para conducirme al jardín.
Me sienta en un banco que hay enfrente de un lago. Yo cierro los ojos un momento, deleitándome. Me siento en perfecta armonía con la naturaleza, como cuando era joven. Al menos eso no ha cambiado.
Los pájaros pían, improvisando una dulce melodía, que el viento acompaña meciendo las hojas de los árboles. Las voces de los demás residentes no se escuchan desde allí, y por un momento me siento como si volviese a tener diecisiete años.
Abro los ojos y observo el paisaje. El encantador contraste entre el verde intenso del césped; el azul, y a veces marrón, del lago; y el naranja y castaño de las hojas de los árboles, que caen a nuestro alrededor. 
-¿A qué se dedicaba usted, señor Harris?-me pregunta Maggie después de un rato.
-Era escritor-la contesto con orgullo. Ella parece asombrada.
-¿Sobre qué escribía?
-Sobre la naturaleza, sobre el futuro, las esperanzas, las ilusiones y los sueños rotos...-hago una pausa antes de acabar.- Y sobre ella. 
-¿Se refiere a su esposa?
Yo asiento, recordándola con nostalgia.
-¿Cómo la conoció?-me pregunta. Yo la miro. Parece realmente interesada. Alzo una ceja.
-¿De verdad te interesa la historia de un pobre viejo?
-Más que nada en el mundo-asegura con otra de sus sonrisas.
Yo miro hacia los árboles, perdiéndome en el horizonte. Pero no me fijo en lo que estoy mirando. Mis ojos van más allá, hacia el pasado. Hacia una historia que me parece que sucedió en otra vida, y sin embargo recuerdo como si hubiese sucedido ayer. A un tiempo que parece una mezcla entre el más dulce de los sueños y la más terrible pesadilla.


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