-Al parecer no soy la única que necesitaba un poco de calma.
Su voz sonaba suave, como arrastrando las palabras, y con un tono grave que la hacía aun más interesante.
-Me parecía un crimen irme sin hacer una visita a los jardines, que me han prometido que son los mejores después de los de Versailles. Y las vistas son realmente asombrosas. Incluso con el frío merece la pena haber venido-dije mirándola significativamente. Abrió la boca en una sonrisa y bajó los ojos tímidamente, llevándose la boquilla de nuevo a los labios. Yo me llevé la copa a los míos y di un trago, intentando armarme de valor y dejar de sentir el frio. La ofrecí tarta de chocolate y partió un poco, llevándoselo a la boca con deleite.
-La cocinera de Arthur hace la mejor tarta de chocolate de todo el país-afirmó. Luego me contó entre risas:-Me preparaba tartas para que comiese a escondidas sin que se enterase mi madre.
-Siempre te gustó desafiarla.-Las palabras salieron de mi boca sin pensarlo y me lo reproché cuando ya lo había dicho. Ella se giró hacia mí con curiosidad y confusión en la mirada.-¿Perdón?
-Te vi tirarte al lago hace tres años-acabé admitiendo- Fue admirable como te reías mientras tu madre te reñía.
Soltó una carcajada y comenzó a reirse sin parar. Un sonido tan reconfortante como el de hacía dos años. Cuando paró se secó una lágrima.
-No puedo creer que lo vieras-y volvió a reirse, esta vez un poco avergonzada por el espectáculo que dió.
-Fue la mayor diversión del día- la aseguré. Eso la hizo reir aún más.
Nos quedamos en silencio durante un rato, ella fumando y yo bebiendo. Al final ella rompió el silencio diciendo:
-¿Cómo has acabado en esta fiesta?
-Margaret es mi hermana-contesté simplemente.
Me miró, intentando encontrar algún parecido con Margaret en mis facciones. Yo alcé la cabeza, dejando que me inspeccionase.
-Tienes los mismos ojos-dijo con una sonrisa, acabando el examen.-Margaret es un encanto y una gran amiga. Es fantástico que se vaya a casar con Arthur.
-¿Qué te ha traido a ti?-la pregunté a mi vez.
-La familia de Arthur es amiga de la mía desde hace tiempo. De hecho, fueron ellos los que me presentaron a mi prometido.
La sangre se me heló al oir la última palabra. ¿Prometido? ¡Qué cruel era el destino al darme esperanzas, haciendo que la encontrase de nuevo para darme cuenta de que ya la había perdido!
-¿Vas a casarte?-la pregunté, casi sin poder respirar.
Ella asintió sin mirarme. Pude ver claramente que la idea no la entusiasmaba en absoluto y que estaba al borde de las lágrimas. La desesperación y la tristeza que había visto un rato antes en sus ojos se hizo casi palpable. Pero entonces, ¿por qué se casaba?
-De verdad siento oir eso-susurré. Se giró hacia mí con lágrimas en los ojos. Pensé que iba a salir corriendo ante ese comentario, pero se quedó ahí sentada mirándome.
-Yo también-dijo al fin con sinceridad.
Nos quedamos en silencio mientras se consumía su cigarro entre rápidas caladas. Colocó otro en la boquilla y siguió fumando casi con desesperación. Yo apuré mi copa y la sujeté entre los dedos de mi mano izquierda, dándola vueltas mientras meditaba.
De repente, noté como unos dedos rozaban mi mano derecha, que estaba apoyada sobre la fuente. El contacto era cálido en contraste con el frio que nos rodeaba, y dejé de sentir el invierno en mi piel. Miré hacia abajo sorprendido, y vi sus largos y finos dedos. En su dedo anular se encontraba un anillo de oro blanco con un diamante. Sentí que se me partía el corazón.
Pero apartó su mano con rapidez y sacudió la cabeza, como si hubiese hecho algo muy malo. Se levantó y con una disculpa salió andando, casi corriendo, alejándose de mí. Abrió la puerta de la casa y se metió dentro.
Cuando se fue volví a sentir el frio y mis dientes castañetearon de nuevo. El silencio en el jardín se me hizo insoportable y volví al interior.
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