La expectación en el interior casi se podía palpar. Todos los invitados aguardaban al nuevo año al lado de un enorme reloj que había en el salón. Cuando dio las doce los gritos de alegría fueron ensordecedores. En la cara de todos los presentes se podía leer algún sentimiento en relación al año nuevo. La esperanza de una nueva vida, el entusiasmo de un nuevo año, la tristeza de dejar otro maravilloso, la emoción de ver qué depararía...
En todas menos en la mía. Tan solo desesperación. Nada podía hacer que ella no se casase. Ese día había deseado encontrar una mujer de la que enamorarme, y ese mismo día la había perdido.
La busqué con la mirada por todo el salón pero no conseguí encontrarla. A la una decidí despedirme de mi hermana y volver a casa.
No tenía taxi y no me apetecía gastar el dinero, por esos días escaso, llamando a uno. Cogí mi abrigo, mi bufanda y mis guantes, y comencé a caminar.
Una hora después acabé en un bar cutre cerca de mi casa, bebiendo copa tras copa. Quizá para olvidar, quizá para que se me hiciese más llevadero. Quizá, sencillamente, porque sabía que mi vida era una mierda y mi oportunidad de arreglarla se había escapado entre mis dedos.
-¿Qué haces bebiendo en Fin de Año?-me preguntó una voz ronca a mi lado en inglés. Me giré, con los sentidos un poco embotados a causa del alcohol, y vi a un hombre de unos treinta años, sentado dos butacas más allá de la mía. Era rubio, con un bigote pequeño que le llegaba justo a la altura de las comisuras de la boca. Sus ojos marrones estaban brillantes, como si fuese a echarse a llorar en cualquier momento. Sujetaba una copa en la mano y tenía ya tres vacías al lado.
-Lo mismo que tú, supongo-le contesté también en inglés, dándole un trago a mi copa. Soltó una carcajada amarga que sonó más como un ladrido.
-¿Sueles compadecerte de ti mismo?
Alcé la vista, molesto.
-¿Por qué no te dedicas a lo tuyo?
El hombre alzó las manos en el aire, como si le hubiese atacado y él no fuese el culpable.
-Intento ayudarte, chaval-me dijo. Me tendió una mano amigablemente.-Leonard.
-Will-dije estrechándosela, todavía un poco receloso.-¿Y cómo vas a ayudarme?-le dije con amargura, considerándolo una tarea imposible.
-¿Qué te aflige?-me preguntó inclinándose hacia mí, apoyando el codo en la barra.
-Me negué a ir a la universidad, asegurando que podría vivir de lo que escribía. Ahora soy pobre, nadie me paga por lo que escribo y mi casa está al borde de ser embargada. Y, por si fuera poco, me he enamorado de una mujer que se va a casar.
No sé por qué se lo conté. Quizá porque era un desconocido, quizá porque necesitaba desahogarme, o quizá porque sencillamente había bebido demasiado. Pero resultó que era bueno escuchando y no me compadecía, cosa que agradecí. No hubiese aguantado ver lástima en su mirada en ese momento.
-¿Y vas a darte por vencido?-me preguntó, indignado.- Debes considerarte bueno escribiendo si te negaste a ir a la universidad, lo que significa que probablemente lo seas. Estoy seguro de que alguna editorial te publicará algo-afirmó convencido.-Y en cuanto a la chica... hay más peces en el mar.-Se lo pensó un momento antes de tenderme una tarjeta y decirme:-Tengo un amigo que trabaja en una editorial. Quizás pueda echarte un cable. Piénsatelo.
Pagó la cuenta, agarró un sombrero que había en una butaca a su lado, me saludó y salió por la puerta.
Yo me quedé mirando la tarjeta como un imbécil. Solo ponía su nombre, Leonard Stone, y una dirección, rue des roses, 11. Guardé la tarjeta en el bolsillo derecho de mi chaqueta. Dejé la copa sin terminar a un lado y pedí la cuenta.
-Su amigo ya la ha pagado-me informó el camarero, señalando la puerta por la que acababa de salir Leonard. Cogí mis cosas y me dirigí a mi casa.
Llegué a mi casa a las tres de la mañana. Tiré las llaves en la mesa y me senté en la cama enfrente de la ventana. Desde ella se veía la Torre Eiffel alzándose majestuosa y poderosa, rozando el cielo. Una obra maestra de la arquitectura, fuerte, gloriosa. París. La ciudad del amor, y yo aquí solo.
Me tumbé en la cama mirando al techo sin molestarme en ponerme el pijama. Solo me quité los guantes, la bufanda y el abrigo. Esperaba poder dormir y olvidar. Olvidar que era pobre, que había desperdiciado mi vida, que me había enamorado y que la había perdido para siempre.
sábado, 17 de septiembre de 2011
Capítulo 6.
-Al parecer no soy la única que necesitaba un poco de calma.
Su voz sonaba suave, como arrastrando las palabras, y con un tono grave que la hacía aun más interesante.
-Me parecía un crimen irme sin hacer una visita a los jardines, que me han prometido que son los mejores después de los de Versailles. Y las vistas son realmente asombrosas. Incluso con el frío merece la pena haber venido-dije mirándola significativamente. Abrió la boca en una sonrisa y bajó los ojos tímidamente, llevándose la boquilla de nuevo a los labios. Yo me llevé la copa a los míos y di un trago, intentando armarme de valor y dejar de sentir el frio. La ofrecí tarta de chocolate y partió un poco, llevándoselo a la boca con deleite.
-La cocinera de Arthur hace la mejor tarta de chocolate de todo el país-afirmó. Luego me contó entre risas:-Me preparaba tartas para que comiese a escondidas sin que se enterase mi madre.
-Siempre te gustó desafiarla.-Las palabras salieron de mi boca sin pensarlo y me lo reproché cuando ya lo había dicho. Ella se giró hacia mí con curiosidad y confusión en la mirada.-¿Perdón?
-Te vi tirarte al lago hace tres años-acabé admitiendo- Fue admirable como te reías mientras tu madre te reñía.
Soltó una carcajada y comenzó a reirse sin parar. Un sonido tan reconfortante como el de hacía dos años. Cuando paró se secó una lágrima.
-No puedo creer que lo vieras-y volvió a reirse, esta vez un poco avergonzada por el espectáculo que dió.
-Fue la mayor diversión del día- la aseguré. Eso la hizo reir aún más.
Nos quedamos en silencio durante un rato, ella fumando y yo bebiendo. Al final ella rompió el silencio diciendo:
-¿Cómo has acabado en esta fiesta?
-Margaret es mi hermana-contesté simplemente.
Me miró, intentando encontrar algún parecido con Margaret en mis facciones. Yo alcé la cabeza, dejando que me inspeccionase.
-Tienes los mismos ojos-dijo con una sonrisa, acabando el examen.-Margaret es un encanto y una gran amiga. Es fantástico que se vaya a casar con Arthur.
-¿Qué te ha traido a ti?-la pregunté a mi vez.
-La familia de Arthur es amiga de la mía desde hace tiempo. De hecho, fueron ellos los que me presentaron a mi prometido.
La sangre se me heló al oir la última palabra. ¿Prometido? ¡Qué cruel era el destino al darme esperanzas, haciendo que la encontrase de nuevo para darme cuenta de que ya la había perdido!
-¿Vas a casarte?-la pregunté, casi sin poder respirar.
Ella asintió sin mirarme. Pude ver claramente que la idea no la entusiasmaba en absoluto y que estaba al borde de las lágrimas. La desesperación y la tristeza que había visto un rato antes en sus ojos se hizo casi palpable. Pero entonces, ¿por qué se casaba?
-De verdad siento oir eso-susurré. Se giró hacia mí con lágrimas en los ojos. Pensé que iba a salir corriendo ante ese comentario, pero se quedó ahí sentada mirándome.
-Yo también-dijo al fin con sinceridad.
Nos quedamos en silencio mientras se consumía su cigarro entre rápidas caladas. Colocó otro en la boquilla y siguió fumando casi con desesperación. Yo apuré mi copa y la sujeté entre los dedos de mi mano izquierda, dándola vueltas mientras meditaba.
De repente, noté como unos dedos rozaban mi mano derecha, que estaba apoyada sobre la fuente. El contacto era cálido en contraste con el frio que nos rodeaba, y dejé de sentir el invierno en mi piel. Miré hacia abajo sorprendido, y vi sus largos y finos dedos. En su dedo anular se encontraba un anillo de oro blanco con un diamante. Sentí que se me partía el corazón.
Pero apartó su mano con rapidez y sacudió la cabeza, como si hubiese hecho algo muy malo. Se levantó y con una disculpa salió andando, casi corriendo, alejándose de mí. Abrió la puerta de la casa y se metió dentro.
Cuando se fue volví a sentir el frio y mis dientes castañetearon de nuevo. El silencio en el jardín se me hizo insoportable y volví al interior.
Capítulo 5.
Tenía el pelo negro justo por debajo de las orejas adornado con un divertido flequillo que la ocultaba la frente, acorde a la moda de la época. Su pálida piel brillaba, iluminada por las luces de la estancia y resaltada por el negro de su vestido, cuyas lentejuelas negras brillaban igualmente reflejando la luz a cada movimiento. Tenía las mejillas sonrosadas, quizá por el alcohol o quizá por algo que le estuviese diciendo su acompañante. Era menuda, no debía llegarme a la altura de la barbilla, y delgada, frágil, como una muñeca de porcelana a punto de romperse. Sus brazos se elevaban con gracia, sosteniendo una copa medio llena de champán. Su cuello se alzaba, esbelto, con un collar de perlas adornándolo. Algo en mi interior me gritó que la protegiese, que cruzase la estancia y la estrechase contra mí.
Sus rasgos,finos, delicados y un poco aniñados, resultaban inocentes y dulces. Su boca sonreía, dejando ver unos dientes blancos y bien colocados que se abrieron para soltar una carcajada.
Me resultó extrañamente familiar, pero ¿dónde podría haberla visto antes? Mi mente viajó inconscientemente al verano de tres años atrás, cuando vi a una chica hundirse en el lago entre carcajadas.
Mi corazón dió un salto dentro de mi pecho, feliz de encontrarse de nuevo con la protagonista de tantos sueños.
Se giró, notando mi mirada sobre ella. Nuestros ojos se encontraron a través de todos los invitados. Fue en ese momento cuando supe que realmente me había enamorado y haría lo que fuese por casarme con ella. Quedé encadenado a esa mirada de por vida.Tenía los ojos grises y grandes, como el cielo nublado a punto de descargar la lluvia. Iluminados por la alegría y la excitación de un nuevo año, y un poco achispados por la bebida. Y, por debajo de todo eso, se podía leer la nostalgia más profunda, el deseo frustrado e insondable tristeza.
Se llevó la copa de champán a los labios y dió un sorbo, todavía con la mirada clavada en mí.
Podría haberme tirado así toda la noche, con mis ojos clavados en ella. Pero mi hermana pequeña tuvo la decencia de interrumpirme antes de que hiciese el ridículo.
-¡Will!-exclamó, abrazándome y tapándome la visión. Yo la devolví el abrazo, contento de ver a mi hermana después de un año.
No era culpa suya que jamás nos viésemos. Después de mudarme al centro de la ciudad no me sentí capaz de volver a casa a verles y admitir que era el peor escritor del universo, que no había conseguido nada después de no querer ir a la universidad.![]() |
| Arthur. |
-Tienes que ir a ver a papá y mamá, te echan de menos-me dijo. Yo la prometí que iría para que no se pusiese triste. Fue una tontería y lo dije sin pensar, pero me di cuenta de que tendría que ir.
Un hombre apareció al lado de Margaret con dos copas en la mano, que nos ofreció a Margaret y a mí.
-Gracias-dije cogiéndola.-Will, este es Arthur-me presentó Margaret. Yo alcé la vista para mirar al sonriente hombre que me tendía una mano. Se la estreché con fuerza mientras me decía:
-Es un placer conocer por fin al hermano de Margaret. Me ha hablado mucho de usted.
Tenía un bigote oscuro que se movía cada vez que hablaba, y el pelo negro peinado hacia atrás. Portaba un traje caro con pajarita y unos zapatos tan limpios que podrían servir de espejo. Y sus ojos marrones, lejos de resultar altaneros, eran cálidos y amables.
Parecía mucho mayor de 22 años y era tan elegante y caballeroso que parecía sacado de una novela del siglo pasado.
Pero recibió mi absoluta aprobación cuando vi como miraba a mi hermana pequeña. Como si fuese un frágil tesoro y no hubiese nada parecido en todo el mundo. Supe que la iba a querer y proteger pasara lo que pasase.
Y mi hermana le miraba de igual manera, como una enamorada. Como si hubiese salido de sus sueños y no pidiese nada más.
Yo no pude menos que sonreir y brindar mentalmente por ellos. Aunque una punzada me atravesó el corazón, deseando sentir lo mismo que sentían ellos, y deseando ver en la mirada de una mujer los mismos sentimientos, reflejados como en un espejo.
-Puedo decir lo mismo-le contesté.
Los dejé hablando y me dirigí al centro de la fiesta, buscando a la chica del lago. Estuve dando vueltas durante dos horas sin encontrarla y acabé dándome por vencido, suponiendo que debía haberse ido de la fiesta.
Cogí una copa de champán, un trozo de tarta de chocolate en una servilleta y salí de la casa al jardín de atrás, buscando un poco de paz.
En cuanto cerré la puerta me arrepentí de no haber cogido mi abrigo antes de abandonar la caliente casa. El frio hizo que mis dientes castañeteasen un momento.
Los jardines estaban pulcramente podados por expertos e iluminados por luces blancas que salían del suelo. En el centro del jardín había una majestuosa fuente blanca, decorada por sirenas, titanes y tridentes, e iluminada por luces en el agua congelada. Y sentada en ella había una figura vestida de negro y en tirantes a pesar del frío. No me hizo falta acercarme más para saber quien era.
Capítulo 4.
Pasaron tres años y no pude publicar ni un solo artículo, a excepción de uno que vendí a un periódico chapucero, que nadie leyó.
Acabé viviendo en un pequeño ático de París, derrochando palabras tumbado en mi cama. A pesar de todo el dinero perdido, la elocuencia jamás me abandonó. Pero de poco me sirvió, pues jamás trajo pan a mi mesa ni dinero a mi bolsillo.
Mi hermana, la dulce Margaret, acabó siendo más rica que yo. Hace un año, en uno de sus inocentes paseos por la zona rica de nuestra calle, un señor cuatro años mayor que ella con una considerable fortuna y unos modales dignos de un príncipe la vió caminando. Se acercó a ella con el sombrero pegado al pecho y la preguntó su nombre, tembloroso, creyendo haber encontrado el Paraíso en sus ojos y entre sus delicados y rubios rizos. Margaret le miró con esos ojos de angelito y se lo dijo en un susurro. Era de comprender que el acaudalado caballero quedase instantáneamente prendado de ella.
La ofreció pasar a su casa y tomar un café, invitación que ella aceptó encantada. Charlaron durante horas y se acabó quedando a cenar, hasta que no pudo retrasar más su vuelta a casa y la verdad.
El caballero en cuestión era, nada más y nada menos, que un Lord británico. Lord Arthur Gallagher.
Margaret, tan sentimental y enamoradiza, no pudo evitar empezar a sentir algo por tan atento señor. Pero, tan honesta ella, no pudo engañarle por más tiempo sobre su fortuna. Y, entre sollozos, comenzó a explicarle su situación económica y social. Salió corriendo de casa de Lord Arthur sin mirar atrás y sin oir lo que él intentaba decirla.
Al día siguiente comenzaron a llegar flores y cartas de amor, procedentes del joven caballero. Margaret lloraba de felicidad, al comprender el gran desinterés de aquel hombre por su dinero. Él la amaba, afirmaba, y poseía dinero más que suficiente para los dos.
Así, empezaron un bonito noviazgo que ya duraba un año.
Siempre pensé que sería un romance pasajero, un noviazgo fugaz. Creí que mi hermana se cansaría de jugar a ser una niña rica y le dejaría; o que él sería inteligente y se daría cuenta de que una relación entre dos personas tan diferentes tanto a nivel económico como social, no podían estar juntos.
Pero Margaret me demostró cuánto me equivocaba con una carta que me mandó a los trece meses de empezar su noviazgo. En ella, me invitaba a su fiesta de compromiso en la casa de su prometido, que sería a la vez la fiesta de Fin de Año.
No podía creer que mi hermana pequeña se fuese a casar con tan solo dieciocho años y con un hombre cuatro años mayor que ella. Sabía que tenía que alegrarme, porque él la procuraría su sueño de una vida llena de lujo, baile y vestidos.
No acogía la idea con mucha ilusión, figurándome que estaría llena de ricachones hipócritas, pero esa noche me preparé con mi mejor traje para ir a la fiesta. Me afeité, me eché unas gotas de colonia y cogí un taxi hacia la nueva casa de mi hermana.
Las calles de París pasaron por la ventanilla de mi coche, en un frío collage de tonos blancos y azules.
La Navidad había llegado a París y la ciudad se preparaba en esos días para despedirse del año 1924 y recibir con los brazos bien abiertos al año 1925. Las luces decoraban la ciudad, iluminándola con un aire festivo. La gente recorría las calles, emocionada por la mayor fiesta del año, e inmunes al frio que les intentaba disuadir de salir de sus calientes y reconfortantes hogares.
Llegué por fin a la calle, flanqueada a izquierda y derecha por imponentes construcciones en piedra blanca. Una punzada de nostalgia se asentó en mi estómago, al pensar que en esa misma calle había pasado yo mi infancia.
-Por supuesto. ¿Su nombre?
Acabé viviendo en un pequeño ático de París, derrochando palabras tumbado en mi cama. A pesar de todo el dinero perdido, la elocuencia jamás me abandonó. Pero de poco me sirvió, pues jamás trajo pan a mi mesa ni dinero a mi bolsillo.
Mi hermana, la dulce Margaret, acabó siendo más rica que yo. Hace un año, en uno de sus inocentes paseos por la zona rica de nuestra calle, un señor cuatro años mayor que ella con una considerable fortuna y unos modales dignos de un príncipe la vió caminando. Se acercó a ella con el sombrero pegado al pecho y la preguntó su nombre, tembloroso, creyendo haber encontrado el Paraíso en sus ojos y entre sus delicados y rubios rizos. Margaret le miró con esos ojos de angelito y se lo dijo en un susurro. Era de comprender que el acaudalado caballero quedase instantáneamente prendado de ella.
La ofreció pasar a su casa y tomar un café, invitación que ella aceptó encantada. Charlaron durante horas y se acabó quedando a cenar, hasta que no pudo retrasar más su vuelta a casa y la verdad.
El caballero en cuestión era, nada más y nada menos, que un Lord británico. Lord Arthur Gallagher.
Margaret, tan sentimental y enamoradiza, no pudo evitar empezar a sentir algo por tan atento señor. Pero, tan honesta ella, no pudo engañarle por más tiempo sobre su fortuna. Y, entre sollozos, comenzó a explicarle su situación económica y social. Salió corriendo de casa de Lord Arthur sin mirar atrás y sin oir lo que él intentaba decirla.
Al día siguiente comenzaron a llegar flores y cartas de amor, procedentes del joven caballero. Margaret lloraba de felicidad, al comprender el gran desinterés de aquel hombre por su dinero. Él la amaba, afirmaba, y poseía dinero más que suficiente para los dos.
Así, empezaron un bonito noviazgo que ya duraba un año.
Siempre pensé que sería un romance pasajero, un noviazgo fugaz. Creí que mi hermana se cansaría de jugar a ser una niña rica y le dejaría; o que él sería inteligente y se daría cuenta de que una relación entre dos personas tan diferentes tanto a nivel económico como social, no podían estar juntos.
Pero Margaret me demostró cuánto me equivocaba con una carta que me mandó a los trece meses de empezar su noviazgo. En ella, me invitaba a su fiesta de compromiso en la casa de su prometido, que sería a la vez la fiesta de Fin de Año.
No podía creer que mi hermana pequeña se fuese a casar con tan solo dieciocho años y con un hombre cuatro años mayor que ella. Sabía que tenía que alegrarme, porque él la procuraría su sueño de una vida llena de lujo, baile y vestidos.
No acogía la idea con mucha ilusión, figurándome que estaría llena de ricachones hipócritas, pero esa noche me preparé con mi mejor traje para ir a la fiesta. Me afeité, me eché unas gotas de colonia y cogí un taxi hacia la nueva casa de mi hermana.
Las calles de París pasaron por la ventanilla de mi coche, en un frío collage de tonos blancos y azules.
La Navidad había llegado a París y la ciudad se preparaba en esos días para despedirse del año 1924 y recibir con los brazos bien abiertos al año 1925. Las luces decoraban la ciudad, iluminándola con un aire festivo. La gente recorría las calles, emocionada por la mayor fiesta del año, e inmunes al frio que les intentaba disuadir de salir de sus calientes y reconfortantes hogares.
Llegué por fin a la calle, flanqueada a izquierda y derecha por imponentes construcciones en piedra blanca. Una punzada de nostalgia se asentó en mi estómago, al pensar que en esa misma calle había pasado yo mi infancia.El taxi paró en la puerta de una gran mansión con columnas griegas y un jardín más grande que mi propia casa, lleno de arbustos recortados al milímetro por manos expertas. Tuve que coger aire y armarme de valor un par de veces antes de salir del coche. Una rafaga de aire frio me azotó la cara, como si intentase advertirme que era mejor volver a casa y encender el fuego en la chimenea. Pero yo me resguardé en mi bufanda y mi abrigo y seguí adelante.
Llegué a la puerta y llamé con los nudillos tímidamente. Nadie dio señales de haberme oido, asi que volvi a llamar más fuerte. Un mayordomo con pinta de estirado me abrió la puerta. Por detrás de él podía ver un ambiente animado, lleno de colores.
-¿Sí?-me preguntó con un esnob acento francés.
-Buenas noches, vengo a la fiesta de Margaret y Lord Arthur.-Por supuesto. ¿Su nombre?
-William Harris.
Una sonrisa se insinuó en sus labios.
-El hermano de Margaret, supongo.
-Supone usted bien-sonreí yo abiertamente.
-Pase.
Se apartó de la puerta y yo entré. Me tendió la mano para que le diese mi sombrero, mi abrigo y mi bufanda, y yo se los tendí como si estuviese acostumbrado a ese tipo de atenciones.
Nada más entrar en la fiesta supe que mi vida iba a cambiar por completo. Porque allí estaba ella.
Capítulo 3.
-¡Will, Will!-gritaba la dulce y aguda voz de Margaret.
Mis padres me miraron un momento, intentando asimilar lo que acababa de decir.
-Eso está muy bien, cariño-me dijo mi madre al final con una sonrisa, quitándose los guantes de fregar y acariciándome el pelo de la nuca.
-Bien hecho, hijo-me felicitó mi padre.
Nada de saltos de alegría, grandes felicitaciones o "sabía que podías hacerlo".
Mi madre volvió a ponerse los guantes y me dió la espalda para fregar, y mi padre se escondió detrás del periódico.
-Quizá...-empecé a decir. Les miré y me di cuenta de que si no lo soltaba en ese momento jamás tendría el valor suficiente para decirlo.-Quizá no debería ir a la universidad.
Mi madre se giró como si alguien la hubiese pinchado en la espalda y mi padre bajó el periódico para mirarme fijamente a los ojos, buscando algún gesto que indicase que estaba bromeando.
-¿Cómo?-me preguntó mi madre con un pestañeo, sin entenderlo o sin querer entenderlo.
Solté un suspiro y me senté enfrente de mi padre, preparándome para una larga discusión. Mi madre se sentó a su lado con la espalda muy recta y golpeando la mesa con los dedos en un tic inquieto.
-Los tres sabemos que no hay dinero para que pueda ir a la universidad. Os he oido discutir en varias ocasiones.-Intercambiaron una mirada, echando la culpa al otro de que les hubiese escuchado.-Podría ganarme la vida de lo que escribo. Publicar un par de libros, trabajar con el periódico, vender mis relatos...
-¿Y si no te los quieren publicar? ¿Y si en el periódico te exigen una carrera universitaria?
¿Y si nadie compra tus relatos?-me preguntó mi madre, nerviosa.
Me desperté y miré alrededor. Mierda, me había quedado dormido en el salón. Me incorporé pestañeando con fuerza, intentando volver a la realidad. Había soñado con la chica del lago y me costaba salir de un sueño tan hermoso.
![]() |
| Margaret. |
Margaret me vió en el sofá y vino corriendo hacia mí. Iba vestida con la ropa más elegante y cara que tenía, lo que significaba que había vuelto a pasear cerca de las casas de los ricos. Se sentó con energía a mi lado y se quitó el sombrero. Me miró con una sonrisa emocionada, esperando a que la preguntase qué había ocurrido.
-¿Qué sucede?-dije como si estuviese realmente interesado. Algo ininteligible salió de mi boca a causa del sueño, que me la había dejado como si tuviese un trapo dentro.
Pero a Margaret eso la bastó para explotar de alegría y empezar a hablar:
-¡He conseguido que publiquen uno de tus relatos en el periódico local!-exclamó. Yo parpadeé, sorprendido. Con esa frase Margaret había conseguido despertarme del todo, pero la sorpresa seguía sin dejarme hablar.
-¿Mi relato corto?-alcancé a preguntar.
Ella puso cara de culpabilidad al instante y bajó la mirada a su regazo, donde puso sus manos con inocencia.
-Sé que no dejas a nadie leer lo que escribes, pero me parecía una lástima que nadie pudiese apreciar lo que haces-intenta excusarse. No se atreve a mirarme a los ojos cuando dice en voz baja:-Te cogí el cuaderno anoche mientras dormías y copié mi relato favorito en una hoja, el de "La princesa y el cocodrilo". Lo llevé al periódico local y dije que eras el autor. ¡Todos estaban entusiasmados!-sonríe y me mira por fin, con los dos enormes trozos de cielo de su cara iluminados de la emoción.-¡Te pagarán cincuenta francos!
Yo no sabía si alegrarme con ella o enfadarme. Jamás la pedí que hiciese algo así, pero había salido muy por encima de mis expectativas. Quizá mis padres admitiesen por fin que puedo vivir de mi puño. Cincuenta francos era todo un comienzo, y quizá podría llegar a un trato con el periódico y publicar algo todas las semanas. Quizá una editorial se ofreciese a publicarme algo.
-¿No dices nada?-me preguntó Margaret con un hilo de voz. Parecía decepcionada. Vaya, pensaba que estaba enfadado por lo que había hecho y parecía a punto de echarse a llorar.
La abracé con fuerza y se lo agradecí repetidamente, dándola un beso en la frente a cada "gracias" que la decía. Ella rió y me urgió a contárselo a mis padres. Yo obedecí, eufórico.
Me dirigí a la cocina y abrí la puerta, sintiéndome como un dios. Mi padre alzó la mirada del periódico, que seguía en la misma página. Mi madre fregaba los platos concienzudamente, descargando así toda su rabia.
-Van a publicar uno de mis relatos en el periódico local, y me pagarán nada menos que cincuen
ta francos-anuncié deprisa, como si tuviese miedo de que el sueño explotase como una burbuja si no lo decía corriendo.Mis padres me miraron un momento, intentando asimilar lo que acababa de decir.
-Eso está muy bien, cariño-me dijo mi madre al final con una sonrisa, quitándose los guantes de fregar y acariciándome el pelo de la nuca.
-Bien hecho, hijo-me felicitó mi padre.
Nada de saltos de alegría, grandes felicitaciones o "sabía que podías hacerlo".
Mi madre volvió a ponerse los guantes y me dió la espalda para fregar, y mi padre se escondió detrás del periódico.
Mi madre se giró como si alguien la hubiese pinchado en la espalda y mi padre bajó el periódico para mirarme fijamente a los ojos, buscando algún gesto que indicase que estaba bromeando.
-¿Cómo?-me preguntó mi madre con un pestañeo, sin entenderlo o sin querer entenderlo.
Solté un suspiro y me senté enfrente de mi padre, preparándome para una larga discusión. Mi madre se sentó a su lado con la espalda muy recta y golpeando la mesa con los dedos en un tic inquieto.
-Los tres sabemos que no hay dinero para que pueda ir a la universidad. Os he oido discutir en varias ocasiones.-Intercambiaron una mirada, echando la culpa al otro de que les hubiese escuchado.-Podría ganarme la vida de lo que escribo. Publicar un par de libros, trabajar con el periódico, vender mis relatos...
-¿Y si no te los quieren publicar? ¿Y si en el periódico te exigen una carrera universitaria?
Una punzada de dolor recorrió mi estómago, decepcionado por la falta de confianza que mi madre ponía en mí.
-Pues tendré que vivir con las consecuencias de elegir mi propio futuro-me encogí de hombros.
Mi madre y yo miramos a mi padre, que tenía los ojos clavados en la mesa, pensativo.
-¿Edward?-preguntó mi madre. Él levantó la mirada y la clavó en mí.
-Tienes todo mi apoyo-me dijo. Yo le apreté el hombro para darle las gracias.
-Pero...-fue a protestar mi madre.
-Jeanne, confía en él-la pidió, agarrándola la mano.-Es bueno. Realmente bueno.
Una sonrisa me iluminó la cara mientras salía por la puerta para darle la noticia a Margaret.
Ilusionado como un inconsciente joven que no sabe lo dura que puede llegar a ser la vida.
Capítulo 2.
Corrían los años 20. 1922, para ser exactos. Yo tenía 17 años por aquel entonces, y era como cualquier adolescente: alegre, despreocupado y soñador.
Era un día claro, el cielo estaba azul, sin rastro de ninguna nube, y el calor no era sofocante. Una leve brisa me agitaba el pelo, juguetona, mientras me dirigía al lago con mi cesta de picnick, mi cuaderno y mi pluma bajo el brazo.
Iba silbando por la calle, indiferente a todo. Yo solo quería escribir.
Pero ese día el lago no estaba tan tranquilo como de costumbre.
Me di cuenta cuando estaba sentado bajo el olmo, en la sombra. Tenía el cuaderno abierto en equilibrio sobre mis rodillas estiradas en la hierba, y la pluma sobre él, esperando nuevas ideas. Me estaba comiendo una jugosa manzana roja que chorreaba líquido por mis manos.
Entonces, vi como una mancha negra y blanca pasaba como una exhalación a mi lado y se hundía en el agua del lago con un chapoteo.Me puse en pie corriendo, tirando el cuaderno y la pluma al suelo, aterrorizado por la idea de que alguien se estuviese ahogando. Pero una chica salió del agua entre carcajadas, tranquilizándome.
Pude ver gran parte de sus rasgos a pesar de la distancia. El pelo moreno la caía hasta la mitad de la espalda, chorreando. Su rostro era fino, delicado y todavía algo redondito y aniñado. Su boca se abría con cada carcajada, dejando ver una blanca dentadura perfectamente dispuesta.
Volví a sentarme en la hierba, pero no dejé de mirar a la chica. Una señora mayor que debía ser su madre, llegó corriendo a su lado y se puso a gritar, roja por la furia y la vergüenza. La chica salió del lago todavía riéndose. No oía lo que la decía su madre, tan solo palabras sueltas como «casarse», «desvergonzada», «modales» y «encerrar». Pero la chica no parecía tomarla enserio, porque cuanto más la reñía su madre, más se reía ella. Parecía encontrar cierto placer desafiando a su madre. Y yo no pude menos que admirar su valentía, porque su madre me asustaba hasta a mí.
Cuando paró de reñirla, las dos se alejaron del lago, escapándose de mi vista.Yo volví a mi tarea de escribir, divertido por la breve interrupción. Pero no pude concentrarme demasiado en mi cuaderno, pensando todavía en la valiente chica. Acabé cerrando el cuaderno y echándome una siesta bajo la sombra.
Cuando me desperté, el sol estaba a punto de ponerse. Recogí mis cosas con rapidez y me puse en camino hacia mi casa.
Mis padres volvían a discutir. Nada más entrar por la puerta les oí. Estaban en la cocina hablando mi padre en inglés y mi madre en francés. Siempre que discutían volvían a sus lenguas natales, con las que se podían expresar a gusto.
Mi padre era americano, de Nueva York. Mi madre francesa, de París. Se conocieron cuando mi madre se mudó a Nueva York con veintitrés años. Conoció a mi padre en la Universidad y se enamoraron perdidamente. Estuvieron viviendo en Nueva York durante siete años, hasta que nos mudamos a París cuando yo tenía cinco años y mi hermana Margaret tres.
-No quiero que estudie tu oficio. Quiero que se labre un futuro mejor que el nuestro, que pueda escapar de esta pocilga-gritó mi madre. Otra vez discutían sobre mi futuro. Me pregunté cuando se les ocurriría que yo a lo mejor debería aportar mi opinión. Al fin y al cabo, era mi futuro.
-¿Cómo?-la preguntó mi padre también chillando.-No tenemos dinero para pagarle una buena universidad.
Yo hice ruido con los pies, intentando hacer notar mi presencia. Mi madre paró a mitad de una respuesta y los dos se quedaron callados. Oí a mi padre carraspear y una silla que se movía para que alguien se sentase encima.
Hice mi aparición en la cocina como si no hubiese oído nada. Ya sabía lo importante que era para mis padres que fuese a una buena universidad y las complicaciones que suponía eso. No podía decirles todavía que no planeaba ir a ninguna universidad, sino empezar a vivir de mis escritos. Eso supondría para ellos una decepción más que un alivio.
Recogí las sobras de mi picnik y las guardé en los armarios de la cocina. Mi padre simulaba leer el periódico, pero lo hacía fatal: en los diez minutos que estuve en la cocina no pasó de página. Estaba demasiado concentrado en otras cosas como para intentar fingir bien. Mi madre se afanaba en poner en orden toda la cocina, lanzándole a la vez miradas furiosas a mi padre. Decidí que no aguantaba más y me fui al salón, a tumbarme en el sofá.
Mi casa realmente no era gran cosa. No éramos pobres, nunca nos faltó nada. Sin embargo no nos podíamos permitir ciertas cosas, como una universidad, por ejemplo. Vivíamos al final de la
calle de un barrio de clase media, lo que se traducía como la clase baja dentro de la clase media.
Mi hermana adoraba pasearse por delante de las casas de los ricos y fingir que ella era uno de ellos. Decía que lo que más deseaba en el mundo era asistir a una de las fiestas que daban, ponerse un vestido caro, una peluca y bailar toda la noche. Estaba convencida de que algún apuesto ricachón la vería por la ventana, sabría ver más allá de su pobreza y se casaría con ella.
Yo, nada más lejos de decirla la verdad, la animaba a tener tales fantasías. Nunca se me dió bien destrozarle las ilusiones a Margaret. Era mi punto débil. Además, solo tenía quince años. Tenía derecho a soñar. Ya se encargaría alguien de despertarla más tarde. Pero, ¿cómo podría ver yo llorar sus inocentes ojos azules y saber que era yo el causante? No hacía daño a nadie paseándose por esa calle. O eso creía yo.
domingo, 11 de septiembre de 2011
Capítulo 1.
-Despierte, señor Harris-oigo una dulce voz femenina.
Cierro los ojos con fuerza, esperando que sea parte del sueño y no la cruda voz de la realidad.
-Señor Harris-vuelve a insistir la voz.
Abro los ojos despacio, para adaptarme a la desbordante luz matutina que entra por las ventanas de la residencia para ancianos Wilton Ham. Me miro las manos, esperando encontrarlas jóvenes y fuertes. Pero me doy cuenta que la vejez no ha sido solo una pesadilla y que esta es la realidad. La dura y desesperante realidad.
-¿Tiene hambre, señor Harris?-me pregunta con una sonrisa una chica jovencita, mientras descorre las cortinas de mi habitación. El sol entra a raudales, iluminando la sobria estancia. Hace un día claro, sin nubes. El cielo azul se ve por la ventana como una promesa de un día feliz.
Adoraba este tipo de días cuando era joven. Solía coger mi pluma, mi cuaderno y una cesta llena de fruta, agua, un sandwich y frutos secos, para ir a un precioso lago que había cerca de mi casa. Allí me sentaba a la sombra de un olmo centenario para escribir. Podía pasar horas allí. Hasta que empezaba a oscurecer y tenía que regresar.
Escribía sobre el mar, la tierra, el cielo y mis esperanzas. Sobre mi incierto futuro y mis ganas de viajar. Escribía sobre mí mismo.
-No demasiada-la contesto, con la mirada perdida en la ventana. Ella viene hacia mí todavía con una sonrisa en la cara. Me fijo en que tiene los paletos un poco separados y uno de sus incisivos está partido por la mitad. Sin embargo, eso no hace que su sonrisa deje de resultar encantadora.
-Hace un día precioso, ¿verdad?-me pregunta mientras me ayuda a ponerme una camisa y unos pantalones.
-Espléndido-asiento. Dobla mi pijama y lo deja encima de la cama.
Me tiende el brazo con el codo hacia afuera, para que me sostenga mientras caminamos hacia el baño. Con la otra mano cojo mi bastón y empezamos a andar con pasos lentos pero seguros.
-Si quiere, después de desayunar, le puedo llevar al jardín.La miro a los ojos, que me sonríen con amabilidad. Una sonrisa inconsciente se forma también en mi cara.
Llegamos al baño y me suelto de su brazo para apoyarme en el lavabo. Me sujeta el bastón mientras enciendo el grifo y cojo agua en mis temblorosas y viejas manos para lavarme la cara. Alcanzo la toalla que hay al lado del lavabo y cierro el grifo. Me miro al espejo con la toalla entre las manos. Un viejo delgado me devuelve la mirada al otro lado. Alcanzo a ver los rasgos juveniles en su anciana cara, que me recuerdan a mi verdadero yo, a mi joven yo.
El agua chorrea por sus arrugas y yo espero que disuelva su cara para ver debajo al hombre que creo que soy. Un hombre de veinte años, con un abundante pelo rubio. Me paso los dedos por el poco pelo blanco que me queda, con nostalgia.
Aparto la mirada del espejo y me seco la cara, aplastándola por un momento en la toalla. La dejo donde estaba y vuelvo a agarrar mi bastón y el brazo de la chica, que sigue sonriendo.
Salimos de la habitación y nos dirigimos al comedor. Nos cruzamos con un montón de viejos. Algunos todavía pueden caminar, más o menos deprisa que yo. Otros menos afortunados van con silla de ruedas, dirigidas por chicas aburridas.Yo miro a la chica de la que voy agarrado. Sigue sonriendo como si no hubiese otro sitio donde quisiese estar. Admiro su buen humor por un instante y la sonrío, intentando agradecerla con eso su predisposición a ayudarme con alegría. Las sonrisas en este sitio suelen ser escasas, y acabas tú también amargado. Cualquier sonrisa es como un pequeño rayo de sol en la rutina de la residencia.
De repente una sencilla pregunta aparece en mi cabeza. ¿Cómo se llamará?
-¿Cómo te llamas, bonita?-la pregunto.
-Maggie-contesta, regalándome otra sonrisa.
-¿Te han dicho alguna vez, Maggie, que tienes una sonrisa preciosa?
Ella ríe y me parece un sonido desconocido y extrañamente reconfortante. ¿Cuánto hace que no oigo una risa despreocupada y honesta?
-Es usted encantador, señor Harris.
-No, Maggie, tan solo soy sincero-susurro.
Llegamos hasta el comedor y me siento en mi mesa habitual, enfrente de Smith.
-Buenos días, Smith-le digo con energía, muy alto. El pobre viejo está más sordo que una tapia. Levanta la cabeza y asiente una vez a modo de saludo.
Maggie me trae un plato con fruta y yo me lo como dócilmente mientras ella atiende a otros residentes. Cuando acabo vuelve a mi mesa para conducirme al jardín.
Me sienta en un banco que hay enfrente de un lago. Yo cierro los ojos un momento, deleitándome. Me siento en perfecta armonía con la naturaleza, como cuando era joven. Al menos eso no ha cambiado.
Los pájaros pían, improvisando una dulce melodía, que el viento acompaña meciendo las hojas de los árboles. Las voces de los demás residentes no se escuchan desde allí, y por un momento me siento como si volviese a tener diecisiete años.
Abro los ojos y observo el paisaje. El encantador contraste entre el verde intenso del césped; el azul, y a veces marrón, del lago; y el naranja y castaño de las hojas de los árboles, que caen a nuestro alrededor.
-¿A qué se dedicaba usted, señor Harris?-me pregunta Maggie después de un rato.
-Era escritor-la contesto con orgullo. Ella parece asombrada.
-¿Sobre qué escribía?
-Sobre la naturaleza, sobre el futuro, las esperanzas, las ilusiones y los sueños rotos...-hago una pausa antes de acabar.- Y sobre ella.
-¿Se refiere a su esposa?
Yo asiento, recordándola con nostalgia.
-¿Cómo la conoció?-me pregunta. Yo la miro. Parece realmente interesada. Alzo una ceja.
-¿De verdad te interesa la historia de un pobre viejo?
-Más que nada en el mundo-asegura con otra de sus sonrisas.
Yo miro hacia los árboles, perdiéndome en el horizonte. Pero no me fijo en lo que estoy mirando. Mis ojos van más allá, hacia el pasado. Hacia una historia que me parece que sucedió en otra vida, y sin embargo recuerdo como si hubiese sucedido ayer. A un tiempo que parece una mezcla entre el más dulce de los sueños y la más terrible pesadilla.
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